Salí de casa, sosteniendo & pasándome de mano en mano una mandarina, y me dirigí hacia la estación Sant Gervasi, como vengo haciendo cada miércoles desde que comenzó este año. A tan solo unas tres cuadras a pie, más unos cuantos pasos extra & un par de escaleras después, ya me encuentro en la plataforma. Esperando a que llegue el tren, busco & abro el libro de aquel caminante bávaro que viene narrándome anécdotas suyas & de otros autores a su paso por las costas de Suffolk & al bolsillo de la chaqueta fue a dar la clementina -que es como aquí le llaman a estos cítricos.
Un tren que llega & yo que agudizo el oído para cerciorarme que sí sea el que me toca & continúo leyendo sin levantar la vista de la página, miro por el rabillo del ojo & me introduzco en el vagón más cercano. Siento que me cobija una gran fortuna siempre que encuentro asiento en la dirección del tren puesto que viajar en la dirección opuesta me marea; a veces, mucho. Por ello, suelo cargarme una mandarina para el camino, porque respirar su aroma tiene la capacidad de aliviarme el mareo.
Cuando estaba a punto de comenzar el décimo & último capítulo, percibí aquel fármaco cítrico no muy lejos de mí & automáticamente mandé la mano al bolsillo, tomé & pelé la mandarina que guardaba en la chaqueta, descartando la corteza en los laterales de la mochila. El libro descansaba sobre mi regazo mientras pelaba, saboreaba uno a uno los cascos & perdía la vista en el horizonte cuando me vinieron estos pensamientos: El Ser es uno & -contrario a lo que otros han expresado & se cree comúnmente- divisible. El hecho: la población mundial actual. Con cada reproducción, el Ser se multiplica, despojando un poco de sí en su retoño (aplica para los demás seres vivos también, no solo los Sapiens). Debido a esta subdivisión de la esencia del Ser, cada individuo guarda cierta distancia con la totalidad de la que provino; una distancia que se corresponde con la cercanía que habrían llevado sus ancestros & responderá también con la cercanía este desarrolle para sí durante su vida. Metafóricamente expresado, es como la mujer que tomó el tren hace tres estaciones (cuando yo ya contaba otras tres) y viaja sentada en la silla frente a mí disfrutando de una mandarina. Como no es la primera vez que la veo, ya he tenido oportunidad de imaginar su vida: creo que es unos cinco o seis años menor que yo, por lo que muy seguramente la realidad doble mi aproximación. He decidido también que estudia Ciencias Políticas en mi Universidad, porque al dejar el tren caminamos en la misma dirección hasta que yo llego a mi bloque & ella, en cambio, hace un giro a la derecha donde también queda el edificio de Economía. La primera vez que la vi, pelaba otra mandarina igual que yo, pero ese día no viajaba sentada frente a mí, sino que estábamos paradas, cada una guardando su lado de la puerta. Es más bajita que yo & lleva el pelo corto, más oscuro; cejas bien perfiladas, labial rojo & mucho corrector de ojeras. "Cúrate a ti misma", lanzo este pensamiento casi como dándole una orden, un mandato, un hechizo, para interrumpir otro que nació de la observación, pero ya se me estaba convirtiendo en reproche: "así somos; preferimos maquillar nuestras dolencias, mantenerlas ocultas, antes que exponernos al camino de la sanación". En todo caso, esta chica & yo que solemos viajar en el mismo tren & hacia el mismo destino todos los miércoles de cada semana & que compartimos el gusto por comer mandarinas en los trenes, no recorremos las mismas distancias. Cuando ella toma el tren yo ya le llevo unos minutos de ventaja. Bueno, pues también así pasa con la relación que establecemos con el todo, la fuente que habita fuera de nuestra dimensión espacio temporal, pero que logra extenderse al mundo material por medio nuestro. Todo -& solo- aquel que asuma la estación que le corresponde con humildad & entereza, & que entienda que su vida es camino de regreso a la fuente, acortará las distancias & podrá llegar a vivir en ella.
La voz por el parlante dando aviso de que la próxima estación sería la nuestra me trajo devuelta de mis pensamientos & volví mi mirada sobre la pelada que ya se preparaba para dejar su asiento, como parecía encartada con sus cáscaras de mandarina, le ofrecí el bolsillito lateral de mi mochila donde descansaban las mías; & aunque se negó a tomar provecho, me regaló una sonrisa a cambio. Habíamos adelantado apenas unos pasos por el camino que atraviesa el bosque y conecta con nuestras facultades, cambinaba yo detrás suyo. Deseché las pieles entre un matorral, las suyas fueron a dar al bote de la basura.
Un tren que llega & yo que agudizo el oído para cerciorarme que sí sea el que me toca & continúo leyendo sin levantar la vista de la página, miro por el rabillo del ojo & me introduzco en el vagón más cercano. Siento que me cobija una gran fortuna siempre que encuentro asiento en la dirección del tren puesto que viajar en la dirección opuesta me marea; a veces, mucho. Por ello, suelo cargarme una mandarina para el camino, porque respirar su aroma tiene la capacidad de aliviarme el mareo.
Cuando estaba a punto de comenzar el décimo & último capítulo, percibí aquel fármaco cítrico no muy lejos de mí & automáticamente mandé la mano al bolsillo, tomé & pelé la mandarina que guardaba en la chaqueta, descartando la corteza en los laterales de la mochila. El libro descansaba sobre mi regazo mientras pelaba, saboreaba uno a uno los cascos & perdía la vista en el horizonte cuando me vinieron estos pensamientos: El Ser es uno & -contrario a lo que otros han expresado & se cree comúnmente- divisible. El hecho: la población mundial actual. Con cada reproducción, el Ser se multiplica, despojando un poco de sí en su retoño (aplica para los demás seres vivos también, no solo los Sapiens). Debido a esta subdivisión de la esencia del Ser, cada individuo guarda cierta distancia con la totalidad de la que provino; una distancia que se corresponde con la cercanía que habrían llevado sus ancestros & responderá también con la cercanía este desarrolle para sí durante su vida. Metafóricamente expresado, es como la mujer que tomó el tren hace tres estaciones (cuando yo ya contaba otras tres) y viaja sentada en la silla frente a mí disfrutando de una mandarina. Como no es la primera vez que la veo, ya he tenido oportunidad de imaginar su vida: creo que es unos cinco o seis años menor que yo, por lo que muy seguramente la realidad doble mi aproximación. He decidido también que estudia Ciencias Políticas en mi Universidad, porque al dejar el tren caminamos en la misma dirección hasta que yo llego a mi bloque & ella, en cambio, hace un giro a la derecha donde también queda el edificio de Economía. La primera vez que la vi, pelaba otra mandarina igual que yo, pero ese día no viajaba sentada frente a mí, sino que estábamos paradas, cada una guardando su lado de la puerta. Es más bajita que yo & lleva el pelo corto, más oscuro; cejas bien perfiladas, labial rojo & mucho corrector de ojeras. "Cúrate a ti misma", lanzo este pensamiento casi como dándole una orden, un mandato, un hechizo, para interrumpir otro que nació de la observación, pero ya se me estaba convirtiendo en reproche: "así somos; preferimos maquillar nuestras dolencias, mantenerlas ocultas, antes que exponernos al camino de la sanación". En todo caso, esta chica & yo que solemos viajar en el mismo tren & hacia el mismo destino todos los miércoles de cada semana & que compartimos el gusto por comer mandarinas en los trenes, no recorremos las mismas distancias. Cuando ella toma el tren yo ya le llevo unos minutos de ventaja. Bueno, pues también así pasa con la relación que establecemos con el todo, la fuente que habita fuera de nuestra dimensión espacio temporal, pero que logra extenderse al mundo material por medio nuestro. Todo -& solo- aquel que asuma la estación que le corresponde con humildad & entereza, & que entienda que su vida es camino de regreso a la fuente, acortará las distancias & podrá llegar a vivir en ella.
La voz por el parlante dando aviso de que la próxima estación sería la nuestra me trajo devuelta de mis pensamientos & volví mi mirada sobre la pelada que ya se preparaba para dejar su asiento, como parecía encartada con sus cáscaras de mandarina, le ofrecí el bolsillito lateral de mi mochila donde descansaban las mías; & aunque se negó a tomar provecho, me regaló una sonrisa a cambio. Habíamos adelantado apenas unos pasos por el camino que atraviesa el bosque y conecta con nuestras facultades, cambinaba yo detrás suyo. Deseché las pieles entre un matorral, las suyas fueron a dar al bote de la basura.
Quedé con ganas de mandarina y de leer la historia que escribió aquella muchacha. Feliz viaje de vuelta mona.
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